Gemma

Mi nombre es Gemma, tengo 28 años y soy maestra en una escuela de 0-3 años. Empecé el 2016 sintiéndome floja y cogiendo varias infecciones: otitis, faringitis, sinusitis y todas la “itis” que se pueden coger al trabajar en mi sector. No levantaba cabeza, cuando no tenía una cosa tenía otra… pero debía continuar mi vida y no podía parar. Hasta que llegó un día que no podía más.

Llevaba una semana con altibajos de fiebre, temblores y malestar; aun así, me levanté y me fui a trabajar. Recuerdo que ese día tuve que aparcar lejos del trabajo y me costó muchísimo llegar, ya que me faltaba el aire. Realicé la mitad de mi jornada y decidí irme hacia el hospital. El 22 de abril de 2016 me realizaron una analítica y aquí empezó todo. Una doctora de urgencias entró en la habitación y me dijo que mi analítica no estaba bien, que no sabía decirme que tenía pero que era algo grave y que debía que quedarme ingresada. Pasé allí el fin de semana, sin saber nada…

Durante ese fin de semana me empezó una erupción en la cara que acabó desencadenando en un síndrome llamado sweet. El 25 de abril llegó la Hematóloga y me hizo una punción en el hueso de la cadera. No entendía que buscaba allí o no quiso verlo en ese momento. A la mañana siguiente, volvió.

Así que el día 26 de abril de 2016, llegó la doctora y me dijo: - tienes células tumorales en la sangre (se me paró el mundo, me retumbaban las palabras) – Tienes leucemia.

Me bloqueé por completo, no podía gestionar esa información.

En menos de tres horas me cambiaron de hospital y llegué a Vall d’Hebrón. Me atendió el equipo de hematología y me explicaron que iba a suceder a partir de ese momento. Ingresé en una habitación compartida solo la primera noche y luego empezó mi primer aislamiento, ya que el síndrome del que os he hablado empezó a darme problemas. Así que luchaba dos batallas a la vez: síndrome de sweet y leucemia mieloide aguda con translocación 6-9.

Después de un mes de ingreso volví a disfrutar del aire, el sol y de la libertad. Acabé la etapa de inducción y a las dos semanas me llamaron para empezar la etapa de consolidación, que finalizó con remisión completa. A partir de ahí, empezamos a hablar del trasplante. Realicé todas las pruebas pre-trasplante y llegó el esperado 9 de agosto, el día que conocí las cámaras de aislamiento. Fue un momento difícil, entrar por voluntad propia a una habitación para vivir en ella mínimo un mes de tu vida, es duro. Empecé con radioterapia y luego diversos tratamientos de quimioterapia hasta que llegó el día 0, el día de mi segundo cumpleaños, el 17 de agosto de 2016.

Le hablaba a mi cuerpo, daba luz a mis células mentalmente, me comía los días en silencio y mirando al techo. No me apetecía hacer nada, simplemente que pasaran los días, que se hiciera de noche, dormir y ver como empezaba un nuevo día. Mi objetivo era ese, ver pasar los días para volver a mi vida de nuevo. Y llegó el día, el 30 de agosto, 13 días después de mi trasplante, estaba saliendo de las cámaras de aislamiento. ¡No me lo podía creer! Así que empecé septiembre en casa, encarando un largo proceso de recuperación.

Escribo esto, en abril de 2017. Miro un año atrás y me parece una película de amor, felicidad, miedo, suspense, terror… en definitiva, difícil definir en qué genero ubicarla. Pero no solo he vivido una enfermedad, he vivido miles de momentos que no olvidaré nunca y he aprendido a valorarlos y disfrutarlos. La leucemia paró mi vida, pero me ha dado una visión maravillosa de ella y del poco valor que antes le daba. He aprendido a vivir el momento, a no pensar mucho más allá y a celebrar la vida cada día.

Agradecer a todo el equipo de hematología del Hospital de la Vall d'Hebrón, a todo el equipo de enfermeros/as y a la Fundación Josep Carreras. Gracias a todas las personas que me habéis ayudado a lo largo de todo este proceso y sobre todo, gracias a mi familia y amigos por estar ahí siempre.

Página web actualizada 30/08/2018 09:48:37