Irene

Me llamo Irene, tengo 29 años y soy profesora de Lengua castellana y Literatura en un instituto de mi provincia, Ciudad Real. Pero vayamos por orden…

En octubre del 2005 comienzo la carrera de periodismo en la Universidad Complutense de Madrid. Mi primer año de universidad transcurre como el de cualquier chica con 18 años, entre exámenes, novatadas y fiestas. El gran cambio llegó en segundo.

Vivía en un pequeño piso en Argüelles, apenas llevaba dos meses de clases cuando me encontré un bultito en el cuello. Era noviembre del 2006, entonces fui al médico que me correspondía en Madrid. Al principio supuestamente se trataba de un simple resfriado con el que se me habían inflamado los ganglios y se me quitaría tras la correspondiente medicación. Pasaron unos días y el bulto no desaparecía y yo me sentía un poco cansada aunque en ese momento no lo relacioné. Decidí venir a Ciudad Real tras la insistencia de mi madre para visitar a mi médico de cabecera y realizarme un análisis de sangre. Cuando llegaron los resultados, algo no cuadraba y hubo que repetirlo. Estaba muy nerviosa, había oído algo, pero nunca imagine lo que realmente me estaba pasando.

Con los nuevos resultados, en el Hospital General de Ciudad Real, vino el hematólogo y habló con mis padres, tenían que decidir a qué hospital ir, porque en Ciudad Real no me podían tratar. Todavía no sabíamos que es lo que me pasaba, por lo menos yo no tenía ni idea. 

A la mañana siguiente, mis padres, mis hermanas, mi novio y yo nos montamos en el coche y nos fuimos al Hospital la Paz de Madrid donde me estaban esperando. En urgencias, me dieron el pijama y me pasaron en una camilla a una de las salas. Allí me sentía sola, insegura… estaba lleno de personas mayores. La verdad es que fue un día horrible.

Mi familia esperaba fuera cuando vino a verme una joven hematóloga que se llamaba como yo, Irene. Me explicó que por la mañana me harían una especie de punción y que me iban a subir a planta pero no me dijo lo que me pasaba aunque a mi familia sí. Yo siempre he tenido miedo a las agujas y esa prueba me daba pánico. 

Me pasé todo el día en urgencias y por fin me subieron a la planta. Yo en ese momento, estaba convencida que se habían confundido, allí nadie tenía pelo, era imposible que a mí me llevasen allí. Yo también había visto la película “Planta cuarta”. Yo estaba perfectamente, iba a clase, salía con los amigos, con mi novio, todo era normal. Desgraciadamente no se equivocaron ese 16 de noviembre del 2006.

Cuando llegaron los resultados de la biopsia nos reunieron en mi habitación a mis padres, a mi novio y a mí. La doctora Hernández nos dio el diagnóstico: “leucemia aguda linfoblástica”. Fue como un jarro de agua fría, no paraba de llorar, creo que todos llorábamos. Cáncer, era cáncer. 

En ese momento, la doctora me recalcó que era leucemia aguda y que eso significaba que había un alto porcentaje de curación. De todas maneras, me aconsejo dejar la universidad, al menos, por un tiempo. No saldría de allí en unos meses.

 

Aunque suene duro lo que estoy contando tengo que confesar que yo, en ese momento, no entendía porque eso me estaba pasando a mí, pero tampoco lo asimilaba. Muchas veces me han preguntado qué sentí cuando me dieron el diagnóstico, pero… yo en ese momento no pensé en la muerte, ni me plantee si me curaría o no, sólo pensé en las clases a las que faltaría, las fiestas que me iba a perder, en mi novio y en mi familia, la cual al completo se presentó al día siguiente en el hospital.

El primer paso era ponerme un catéter para que las enfermeras no tuvieran que estar pinchándome en los brazos continuamente y el simple hecho de pensar que tenían que meterme en un quirófano para ponerme un catéter me daba miedo y eso que todavía tenía que pasar por un montón de cosas. Pasó un tiempo hasta que me acostumbré y moví el cuello y un poco más cuando aprendí a limpiar las vías porque no me atrevía.

Enseguida empecé con la quimio y me recomendaron que me cortase el pelo porque lo tenía bastante largo y pronto se me caería, de este modo sería menor la impresión. Cuando me dieron el primer permiso, es decir, cuando me dejaban estar en el piso de Madrid unos días para recuperarme aproveché y fui a la peluquería por última vez en mucho tiempo. Lo cierto es que intenté no darle mucha importancia pero cuando no tienes pelo notas que todo el mundo te mira por la calle e incluso que a tu propia familia o amigos les causa impresión. Me ponía pañuelos de todos los colores, me regalaron muchísimos gorros y mi abuela me hizo las bufandas a juego. En primavera, que ya me encontraba mejor, quise comprarme una peluca pero recuerdo como en la graduación de mi hermana María seguían mirándome de ese modo. Para mí, mi familia y sobretodo mi novio, que seguía diciéndome lo guapa que estaba pese a no tener pelo, fueron muy importantes. 

El día a día en el hospital consistía en un análisis de sangre bien temprano, aunque no me tenían que pinchar puesto que tenía el catéter. Luego, mi padre que por suerte le dejaron que durmiese a mi lado, como excepción porque yo era mayor de edad, en un incómodo sofá me traía un batido y un donut para desayunar e intentaba tomarme unas cuantas pastillas. Algo que también superé en mi estancia allí, puesto que yo era la típica persona que partía un ibuprofeno tanto como podía. Al principio me costó, tenía que tomarme las pastillas hechas trocitos, luego con coca cola hasta que me acostumbré.

Por la mañana pasaban los médicos, veía un rato la tele o me conectaba con el ordenador, aunque muchos días no tenía ganas. A veces venía a verme Teresa, que era mi psicóloga y me enseñaba técnicas de relajación porque tenía, y sigo teniendo, pánico a las punciones. Algunos días tenía alguna prueba, otro me dedicaba a colorear mándalas, incluso intenté aprender a hacer ganchillo con mi abuela. El tiempo allí pasa muy despacio.

A lo largo de la mañana, mi madre venía con la comida de casa, no es que fuese muy delicada pero no me gustaba nada la comida del hospital. Simplemente el olor de la bandeja me daba náuseas. Y pasábamos la tarde y así día tras día. Durante mi periodo en el hospital tuve muchas pesadillas incluso me recomendaron unas pastillas para dormir, soñaba que venían las enfermeras con el carrito que solían llevar a las punciones y me despertaba. 

Realmente, me pasaba los días esperando que fuese fin de semana para ver a mis hermanas que seguían viviendo en Ciudad Real, en casa de mis tíos puesto que mis padres estaban conmigo y también a mi novio que continuaba con su carrera. Asimismo, me encantaban los “permisos” que me daban los médicos cuando estaba un poquito mejor. Recuerdo una vez que fuimos al Retiro y, aunque iba muy abrigada, me resfrié. Estaba muy bajita de defensas. A veces nos íbamos a pasar el día a la Vaguada incluso una vez nos fuimos a Segovia…

La quimio me dejaba sin fuerzas, me provocaba vómitos, me secó la piel… incluso durante un ciclo perdí el gusto, ninguna comida tenía sabor, todo era igual…fue difícil para mí. Recuerdo, que una vez no podía respirar bien y el médico me hizo dormir con la cama en tal posición que estaba prácticamente sentada. A veces me sentía tan impotente que yo quería estar bien, me apetecía hacer algo y me entraban las náuseas o me daba fiebre.

Todo esto pasó y en mayo del 2007 me dieron el alta, aunque sólo temporal. Tenía que someterme a un trasplante de médula ósea pero antes había que encontrar un donante idóneo. Mis hermanas se hicieron las pruebas en el Hospital Gregorio Marañón sin que yo me enterara, pero no eran compatibles conmigo. Yo, en ese momento, sólo pensaba que no estaba en el hospital y quería disfrutar. Ese verano no paré, incluso me fui a la playa aunque no podía bañarme en el mar, tenía que tener cuidado porque seguía llevando catéter. En agosto me hicieron muchísimas pruebas porque yo tenía que estar bien para someterme al trasplante. No sabía nada de trasplantes de médula, ni siquiera sabía que era como una simple transfusión de sangre pero en ese momento no me preocupaba ni tampoco que encontrasen o no donante yo sólo quería estar en mi casa, con mi familia y con mis amigos. Por eso digo que nunca fui realmente consciente de la situación en la que estaba, yo sólo era una adolescente.

Mientras tanto seguí yendo a la Paz para los controles y las diferentes pruebas y uno de esos días mi médico, el doctor Canales me dijo que habían encontrado donante gracias a la Fundación Josep Carreras. Para mí eso significo tener que volver al hospital pero para mis padres fue una inmensa alegría.

Como he dicho, no sabía mucho sobre los trasplantes, había visto a varios compañeros de la planta que se habían sometido a uno y que después tuvieron que estar incomunicados durante un mes en la habitación. Aunque esto no siempre era así, recuerdo que un hombre de la edad de mi padre, se escapaba todas las mañanas bien temprano a la cafetería para desayunar churros con chocolate.

La primera semana de septiembre de 2007 me ingresaron y esta vez recibí quimio y radioterapia. Fue un ciclo duro pero ya estaba lista para el trasplante que llegó con la doctora Gabriela directamente desde Italia el 13 de Septiembre del 2007. Estuve un mes en el hospital, pero todo salió bien. Acabé mi carrera, viaje a Nueva York, estuve viviendo en Holanda, aprobé las oposiciones y ahora soy profesora.

Lo más importante es que, con el paso de los años he tenido la fortuna de conocer a mi donante y a su familia*. Es algo difícil de explicar y son esas casualidades de la vida que parecen hechas por arte de magia. He ido dos veces a su casa a Italia y ellos han venido a la mía. La última fue este verano para asistir a mi boda. Fue algo muy especial, supongo que como todas las bodas, pero yo puedo decir que mi donante de médula fue testigo de mi boda el 10 de septiembre del 2016 (nueve años después del trasplante).

Siempre le voy a estar agradecida porque me salvó la vida. Es una magnífica persona y tiene una gran familia. Yo creo que nadie se puede imaginar lo feliz que se puede hacer no solo a una persona sino a una familia entera con un gran gesto de generosidad como este.

Irene

 

*El caso de Irene es absolutamente excepcional e inédito. Según la ley española, la donación de médula ósea es 100% anónima, es uno de los principios básicos e inquebrantables de la donación de órganos y tejidos en nuestro país. En el caso de Irene, el donante de médula pudo ver el nombre de la receptora a causa de un error en el hospital donde se realizó la extracción y, así, descubrió la identidad de la paciente. No es un caso habitual y responde a un error que, por fortuna, no ha tenido ninguna consecuencia negativa sino, al contrario. De todas maneras, es importante tener en cuenta que está terminantemente prohibido en nuestro país desvelar la identidad de paciente y/o receptor ya que, podría generar incidentes futuros negativos o desafortunados.

Página web actualizada 15/03/2019 10:38:15