Josefa Pidemunt Pons

Adelantada a su tiempo, activa, culta y capaz, quienes conocieron bien a Josefa Pidemunt, la recuerdan con cariño.

Era una mujer leal, de muy ideas claras, incondicional amiga de sus amigos, austera consigo misma pero espléndida con los demás.

Había nacido en Barcelona, un 7 de agosto de 1910. Hija de un especializado ebanista bien situado en la época, Josefa se educó en el colegio de las Dominicas de la Presentación. Ella era la segunda de cuatro hermanos, y la familia disfrutaba de un desahogado bienestar económico hasta que, a raíz de la muerte de la hermana menor, el padre se quedó muy afectado, falleciendo dos años más tarde, lo que marcó un antes y un después en la vida de sus hijos. La familia pasó entonces a estar regentada por la madre, una mujer autoritaria, dura y estricta, que murió siendo ya muy anciana. Tanto Josefa como su hermana María permanecieron solteras, siempre al lado de su madre, cuidándola hasta el final. Ambas se repartían el trabajo, María se ocupaba de la casa y Josefa se encargaba de la administración de las fincas que poseía la familia, supervisando también el funcionamiento del taller del padre que continuaba en activo.

Josefa no estaba hecha para las tareas domésticas, y si no había cursado estudios superiores, no fue por falta de capacidad. Hablaba francés, conducía su propio coche, adoraba el sol y los baños de mar, también le gustaba la música, el tenor Josep Carreras era uno de sus favoritos. Se inscribió en un gimnasio en el que al acabo ejerciendo de profesora sin cobrar por su trabajo. Ya mayor, y habiendo fallecido también sus dos hermanos, Josefa se apoyó en aquellos que sabía que no le podían fallar y, por temor a perder más adelante sus facultades mentales, les dictó a ellos sus últimas voluntades repartiendo su herencia entre varias fundaciones (la Fundación Internacional Josep Carreras fue una de las elegidas), y entre a todos aquellos que habían estado a su lado a lo largo de su vida.

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